ficción, Historias

La petite mort

La carne que se descongela se pudre, recordó la Reina de hielo antes de morir. Y mientras la Reina se muere, la mujer suspira.

Una gota de sudor resbalaba por su espalda. Ella se estremecía. Las manos de aquel hombre encendían indiscriminadamente cada espacio de su piel. Los gemidos parecían retumbar entre los cristales de su templo, como un eco, acompasado con los movimientos profundos de su cuerpo. El aire se escapaba entre golpes que parecían estocadas. Sus músculos, tensos, parecían aferrarse cada vez con más fuerza a los de él. Mirarlo a los ojos ardía.

La Reina de hielo sabe que se está muriendo y busca respuestas. La mujer se las da. Recuerdan el primer encuentro: a lo lejos, él sonríe. Ella lo siente. Algo vibra. “¿Qué tienes tú?”, se pregunta, y se resiste a una atracción que parece instintiva.

Eros y Tanatos.

Primero fue la seducción y después el capricho. ¿O al revés? Las ganas de explorar el cuerpo desconocido, el alma ajena. Una curiosidad casi infantil. Pero después hay algo más: un deseo desesperado de entregarse, de pertenecer, ahí donde el frío ya no era suficiente porque había otra piel, su calor, un latido…

Dicen que el instinto de supervivencia no sólo es innato, sino invencible. Y, sin embargo, el instinto de muerte, aunque más silencioso, siempre acecha y, a veces, incluso con más fuerza.

El frío ahora arde, quema, y la Reina descubre el secreto que la mujer siempre supo: que sólo se puede calmar fuego con fuego, así es la pasión, pero el escozor termina sólo cuando el alma queda hecha cenizas.

Después de la entrega absoluta, la absoluta repulsión. La petite mort: “por un segundo pensamos que entre nosotros todo se podría, y sí, se pudrió”, pensó la Reina antes de limpiarse la otredad.

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ficción, Historias

La calentura

Como si fuera una premonición, una noche de verano, Calígula despertó entre sudores ardientes seducido inmensamente por un llanto. Se quitó del cuerpo sus sábanas sedosas, se incorporó y observó a través de los mantos engañosos de la oscuridad. Sin embargo, no logró encontrar la fuente de aquel sonido que le erizaba la piel hasta que, poco a poco, dejó de escucharlo.

Día tras día, durante siete noches, el sueño del emperador fue interrumpido por el mismo llanto. Su piel crispada no podía resistirse al encanto de aquel sonido dulce y agudo que parecía penetrarle todos los sentidos y avivar su temperatura, hasta que, inexplicablemente, comenzaba su miembro a hincharse progresivamente cada vez más y más.

El emperador, cansado y sumido en la desesperación, decidió consultar a un sanador. El mejor de todo el imperio Romano, le dijeron. Calígula lo espero paciente en la habitación en la que cada noche veía agonizar su sueño, y cuando el anciano sabio llegó, procedió a contarle sus penas: los sudores, el llanto y la terrible excitación que venía después, acompañada de una erección dolorosa e interminable.

Tras escuchar toda la historia del emperador, el anciano, ciego, con los ojos blancos, le ordenó que se bajara los pantalones y estimulara su miembro hasta que de este proviniera el líquido viscoso de la vida. Entonces Calígula frotó y frotó, casi con fervor, hasta que brotó de él un manantial. “Déjalo caer en el suelo, donde alumbra el sol”, dijo el viejo, y el emperador, obediente, así lo hizo.

“Manda a llamar ahora a una de tus mozas”, dijo el anciano, “y que no demore”, sentenció. Calígula, obediente, así lo hizo. Cuando la joven llegó, iluminando el cuarto con sus telas blancas, el viejo sanador señaló las sobras del varonil Calígula y añadió, dirigiéndose a ella: “Arrodíllate y lámelo todo”. Diligente, la menuda mujer lo hizo. “No te lo tragues”, advirtió el anciano, pero como si estuviera poseída, la mujer lamió y lamió las mieles blancas del emperador.

“¡Abre la boca!”, ordenó aquel sabio. Para su espanto, Calígula observó cómo un líquido rojo y espeso se abría paso por la boca de la mujer, destruyendo sus tejidos como el ácido, entre llagas y gritos de inconmensurable dolor. El llanto desesperado vino después. Y solo entonces, para el alivio de Calígula, que aún seguía hinchado y adolorido, su miembro comenzó lentamente a desinflarse.

Mientras la cara de la joven se deformaba más y más bajo los rayos del sol, el miembro del emperador retomaba su tamaño y su forma natural. Cuando, finalmente, la joven sollozó por última vez, los dolores de Calígula terminaron y estuvo éste absolutamente recuperado.

Sorprendido, Calígula volteó a mirar al sabio anciano. “Sufre usted de calenturas”, sentenció el sanador.

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Fotografía de Ángel López Soto
Entrevistas, Radiografías

Nacho Carretero: “El periodista activista no me interesa”

Autor de Fariña y actualmente reportero para El País, asegura que sus ganas y su ambición siguen intactas

Forma parte de la que bien podría ser una generación de oro del periodismo gallego. El abanico temático de sus reportajes se extiende desde Coruña, con la historia de su tía Chus, hasta Siria, Palestina o Sierra Leona. Su encanto y el de sus textos es la sencillez. Tiene el poder de transmisión de una aguja: no necesita trucos.

Nacho llega puntual a la Cervecería A Dorna, en A Coruña. Hace un par de horas ninguno de los dos preveía estar ahí. Está de visita por la ciudad y regresa a Madrid por la mañana, pero cuando le escribo accede con amabilidad. Me responde, de manera fortuita, por un mensaje directo de Twitter: “Hay estudiantes que llevan meses persiguiéndome y tú has logrado liarme en 15 minutos. Nos vemos a las 8”. Cuando nos encontramos todo parece tan repentino e inesperado como cuando llega visita a casa y aún estás en pijama. He sacado a Nacho Carretero de la cama, pienso, mientras él se dirige a la barra por un par de cervezas.

A mi lado se sienta un tipo sencillo en sus formas y sus maneras. Conserva una cierta frescura universitaria, pero matizada con la experiencia de un libro y múltiples reportajes exitosos publicados, los más recientes, para El País. Me deja claro desde el principio que mantiene los pies en la tierra: el problema de su inaccesibilidad no se debe a la “fama”, se debe a la falta de tiempo. Con un reportaje escrito cada una o dos semanas, el ritmo de trabajo de Nacho es brutal.

Rompo el hielo con una pregunta absurda, algo sobre el tenis de mesa. Él se ríe, se prepara para responder preguntas que atacan desde todos los flancos y, durante casi una hora, las responde todas.

Una palabra favorita del castellano.
—Satisfacción.
Una palabra favorita del gallego.
—Saudade.
Un refrán.
—No me gustan los refranes, pero diría uno muy clásico, porque se puede aplicar muchísimas veces: “En casa de herrero, cuchillo de palo”.
Un libro.
—Hay un libro que me encanta…
¡Fariña!
Fariña, sí. De un tal Nacho Carretero…. Te voy a decir el mío de cabecera: Cien años de soledad, de García Márquez.
Una canción.
The sound of silence, de Paul Simon y Garfunkel.
Una prenda de vestir.
—Como no hago mucho caso a la ropa, sólo suelo hacer caso al calzado, diría que unos tenis.
¿Con quién te irías a una isla desierta y por qué?
—A una isla desierta me iría con una chica que me gustase. ¿Por qué? Porque le daría sentido a estar ahí.
Un personaje que admires.
—Rosalía de Castro.
¿Qué te emociona?
—Los actos solidarios, desinteresados.
Si tuvieras que definirte para un diccionario, ¿cómo lo harías?
—Un periodista que busca historias, las observa, las intenta entender y las cuenta.
Eso lo escuché en tu charla de TEDxGalicia.
—Ya ves, esa la tenía preparada.

En esa charla también te escuché decir que no creciste en un ambiente literato. ¿Cómo describirías el ambiente de tu casa?
—Una casa de una familia más o menos unida, en la cual nunca falta cariño, hay buen ambiente, hay suficientes recursos para no pasarlo mal, pero, efectivamente, no hay una atmósfera cultural. Tampoco hay ausencia de cultura, pero no veo un ambiente cargado de bibliotecas, o de música clásica.

Cuéntame tres recuerdos que sean pilares de tu infancia.
—El primero: yo asomado al salón de mi casa mientras a mi hermana, recién nacida, le están poniendo los pendientes y llora muchísimo. Sólo es un flash porque yo le saco dos años a mi hermana, pero tengo esa imagen así que debió ser algo muy preocupante. Me parece significativo que ese sea mi primer recuerdo porque es la persona a la que más unido estoy en mi vida. Otro recuerdo sería un profesor que se llamaba Juan Carlos y que tuve en tercero de primaria, con 8 años. Yo hasta ese momento era un niño que iba retrasado en clase y por primera vez este profesor, no sé por qué, me convirtió en un niño que sacaba buenas notas y que empezó a ser uno de los mejores de la clase. Desde entonces nunca dejé de serlo. Para mí este recuerdo representa la importancia de la educación. Y un último recuerdo sería… Bueno, mis padres, mandándome leer a toda la familia las redacciones que escribía cuando era pequeño, que yo lo odiaba, pero también representa el orgullo y el apoyo que siempre me dieron.

Nacho: ¿se nace periodista?
—Qué va. El periodismo tiene mucho de ideal y de romántico, pero es un oficio como otro cualquiera. Te tiene que gustar y tienes que tener vocación, pero una vez que te pongas a ello tienes que trabajar mucho y ser disciplinado. No hay ningún don innato ni nada que te vaya a hacer buen periodista.

Sin embargo, en la facultad suelen hablar mucho de que hay algo que no te puede faltar: la curiosidad. ¿Qué cualidades crees tú que debe tener un periodista y qué cosas se consiguen con disciplina?
—Con disciplina se consigue progresar, se consigue que la gente que tiene que apostar por ti vea en ti a una persona trabajadora y cumplidora y, por tanto, eso te va a abrir puertas y van a haber oportunidades. Y como cualidades: sí, la curiosidad es importante, también las ganas de mejorar, de realizarte. Una vez que eres periodista, una cualidad importantísima es la convicción de que tú eres una correa de transmisión, un narrador cuya misión es contar hechos para que los lectores saquen sus conclusiones, si es que las sacan.

Si trasciendes ese papel y te piensas un creador de opinión o un influenciador, ya no eres periodista.

Eso es algo que frustra a muchos periodistas. El tema del alcance, de no llegar a la gente tanto como quisieras.
—El alcance o la repercusión se consiguen a basa de trabajar, de insistir, de llamar una y otra vez a una puerta y de aceptar que todo ese trabajo y toda esa inversión en tu futuro no es tiempo perdido. Va a ser difícil, lo vas a pasar mal, va a haber momentos de mierda,  momentos en los que nadie te haga caso… Si insistes y vas a por ello, algo va a aparecer, un camino vas a encontrar.

¿Cómo era Nacho Carretero antes de ser este Nacho Carretero? ¿O crees que eres el mismo?
—Creo que eso no te lo debería responder yo sino la gente que me conoce. Yo creo que sí. Es verdad que la vida te cambia: hay gente que te sigue, que te lee, gente que te admira. Eso te genera una satisfacción, es indiscutible: el ego está ahí y se alimenta de esas cosas. Pero lo importante es tener muy claro, que es mi caso, que lo que hago me gusta mucho: me gustaba cuando empecé y tengo la suerte de que me sigue gustando.

¿Cómo lograste posicionarte?
—Esto es cuestión de no dejar de competir y de trabajar. Y de trabajar más que los demás. No tengo consciencia de haber cambiado en ese sentido: son las mismas ganas y la misma ambición.

Pero tengo muy claro que si levanto un poquito el pie del acelerador y me lo creo un mínimo, me adelantan por todos lados. La gente tiene muchas ganas de trabajar, de salir adelante y hay muchísimo talento.

Tienes un libro, trabajas en El País, ¡vives de esto! ¿Te lo imaginaste alguna vez?
—Imaginar no, visualizarlo sí. Forma parte de creer en uno mismo y eso es importante: creer en ti mismo incluso cuando no crees en ti mismo, cuando dudas.

¿Cuál fue la edad más complicada? ¿Cuándo dudaste?
—Si alguna vez tuve dudas fue cuando ya tenía cierta edad, no hace mucho, ¿eh? Hace unos cinco años. Veía que me iba bien como freelance pero que no me daba la pasta. Entonces me cansaba de vivir mal, y sí que vienen dudas. Pero aunque flaqueé, también fue cuando apreté más.

O sea que la perseverancia es el mensaje.
—Sí, ser un pesado. O una pesada.

¿Es lo mismo ser un periodista que ser un periodista gallego? Galicia es uno de tus temas recurrentes, de tus grandes temas y de tus grandes éxitos…
—Sí, pero no creo que sea tanto por lo que es Galicia. Este es un sitio singular, con una identidad y una cultura propia que da mucho juego, pero también se trata de los ojos que tengan los periodistas de aquí. Ahora parece que está de moda Galicia, incluso fuera de Galicia. Esta de moda todo lo que durante generaciones, sobre todo de emigrantes, era complejo, se escondía y no se hacía gala de eso…

¿Y qué ha cambiado?

Parece que somos la primera generación que nos hemos ido fuera y hemos sabido poner en valor, narrativa y culturalmente, lo que es Galicia y lo que contiene.

—Pero eso creo que es mérito de quienes lo hacen, porque cada lugar tiene su identidad y sus particularidades esperando a que alguien las explote culturalmente.

Entonces hay un trabajo de aprender a mirar la cotidianidad.
—Sí, eso es muy importante y, si te fijas, esas cosas que damos por supuestas, que no nos llaman la atención o que incluso nos generan rechazo, en otros sitios llevan mucho tiempo sabiendo explotarlas. Sus miserias, sus capítulos negros. En Italia, por ejemplo, llevan mucho tiempo sacándole provecho al tema de la mafia: series, películas, libros. En Estados Unidos, en Latinoamérica… Y aquí parece como que había algo que nos impedía trabajar eso.

¿ Y cómo se puede sacar provecho de esta realidad?
—En el momento en el que cambias de chip y te das cuenta de que fuera ni lo ven como cotidiano ni lo ven necesariamente como negativo, aprendes a hablar, en mi caso, del narcotráfico. Pero también podría ser de la pesca, del acento, de la cultura, del idioma, de los códigos sociales, en fin: millones de cosas.

Cuando eliges los temas ¿qué es lo que te motiva? ¿Por qué vas detrás de algo?
—No sé el por qué. Hay temas que de pronto me hacen “¡boom!”. Me obsesionan. Lo veo y pienso: “Joder, esto tengo que contarlo”. Y esos temas me motivan de una manera desmedida: cuando encuentro un tema que sé que quiero contar, no paro. Creo que tiene que ver más con lo que me gustaría a mí leer.

¿Para quién escribes?
—Depende del tema. Es una buena pregunta, muchas veces me la he hecho yo mismo. ¿Sabes lo que intento pensar normalmente? En personas que tengan opiniones súper distantes, e intento ver qué críticas, en el sentido positivo, o qué observaciones podrían hacer esas personas al texto que estoy escribiendo. No los intento contentar, pero me ayuda a no irme directo a opiniones.

Un pilar de tus textos es la objetividad. ¿Hay otros?
—La objetividad es el que más me preocupa siempre. Intentar ser lo más honesto posible, lo más aséptico. Huyo de la moralina, de la conclusión y de la moraleja. Pero no es lo único que tengo en mente: yo quiero contar historias con una narrativa distinta. Busco utilizar un lenguaje distinto, darle algún giro, siempre comedido, pero intentar usar una forma de expresarme que sea parecida a como lo diría hablando.

¿Eres de esos autores que tienen como una especie de alter ego cuando escriben o eres tú mismo?
—A mí lo que más me han repetido es: “joder, es que te leo y parece que te estoy escuchando”.

¿Hay algún reportaje que te haya marcado? ¿Conservas todavía alguna imagen muy vívida?
—Sí, casi todos los reportajes que he hecho que tengan que ver con crisis humanitarias, o con hambruna, pobreza, violencia… Vuelves con eso muy presente y afecta bastante. Esos son los que te marcan. Y luego historias concretas… Siempre que en el reportaje había niños… Ahí se pasa mal. Niños desnutridos o niños en condiciones… Eso es una mierda, eso te marca.

Dame una imagen.
—Una que me destrozó fue en Sierra Leona. Era algo que no teníamos previsto: estaba con el fotógrafo, habíamos terminado, y unos chicos nos dijeron que querían enseñarnos un centro para niños discapacitados. Fuimos con ellos y llegamos a una casa muy humilde, muy sencilla.

Al entrar vi un pasillo oscuro, de baldosa, muy frío. Sólo había una luz directa en un rincón. Los niños estaban por el pasillo, tirados, meados, cagados, vomitados… Como abandonados.

Luego me sacaron y me llevaron a una cochiquera, que es donde se guarda un cerdo. Abrieron la puerta, el suelo estaba lleno de excrementos y había una niña sentada ahí. Una niña que no podía mover las piernas… y la tenían ahí dentro. Pero luego hablé con un misionero de las misiones salesianas, le conté lo que pasaba allí, le dije que había que hacer algo y ellos me dijeron que llevaban mucho tiempo intentando entrar, que sabían de la existencia de esos niños, pero que era propiedad de una señora que tenía una ONG local y que no admitía ayudas ni absolutamente nada. Y me dejó tan marcado que empecé un proyecto para montar una ONG e intentar atender a esos niños. Y en ese proyecto estamos aún.

¿Alguna vez pensaste en dejarlo?
—La única duda grande fue esa que te comenté antes, pero por pasarlo mal económicamente. Me llegué a plantear si tenía que compatibilizarlo, o dedicarme a otra cosa con la idea de hacer dinero y volver, pero nunca dejarlo. Nunca me planteé dejar el periodismo.

¿Qué periodistas no te gustan?
—No te voy a dar nombres, pero no me gusta leer a periodistas que utilizan el periodismo para fomentar su ideología, que no buscan narrar hechos sino confirmar prejuicios y adecuar la información y los hechos a su ideología para evangelizar. No me gusta el periodismo militante o activista.

Todo periodista que también se define como activista, que se posiciona, que expresa en su trabajo sus opiniones, no me interesa.

¿Por qué crees que está tan de moda el periodismo militante?
—No sé por qué. Sí sé que los periodistas tienen mucha más presencia ahora, sobre todo por las redes sociales. Hoy parece que hay periodistas que son firmas con un montón de seguidores, y creo que muchos venden su propio producto, su propia marca, y para eso necesitan militancia, fidelizar a un segmento que piense como ellos y que los vean como un portavoz o alguien necesario para su causa.

¿Qué conflicto crees que está sobrevalorado y cuál está infravalorado?
—Infravalorado creo que está el tema de la violencia machista. Sí estamos prestando atención, pero no la suficiente a un problema tan grave.

¿En España o en general?
Hablo de España, en general ni te cuento. Si sales de Europa es aterrador. Pero no sé, creo que todavía no hay consciencia de la cantidad de mujeres que están muriendo cada año por un impulso machista. Es una cifra inaudita.

¿Y cuál está sobrevalorado?
—Te diría que el tema de Cataluña nos tiene saturados a todos. Yo lo veo importante, pero estamos saturados de este asunto. No está sobrevalorado, pero creo que el periodismo ha encontrado ahí un filón que nos está agotando a todos.

Si pudieras decirle algo a cualquier político español, ¿a quién sería y qué le dirías?
—Ayayay. (Risas). Intentaría hablar con Rajoy, porque ya puestos en política es el más importante, y creo que le hablaría sobre la idea de lo que es España. Me gustaría charlar con él sobre lo que es el concepto de España, y creo que nuestras ideas serían más cercanas de lo que parece.

¿Qué idea tienes sobre la identidad de España?

Nuestra identidad es mucho más plural y diversa que la idea que se ha arrastrado durante mucho tiempo, sobre todo por parte de la derecha española, de una España unitaria, totémica y única, y el resto visto como periférico o hasta folklórico.

¿Qué le dirías a Rajoy entonces?
—Me gustaría escucharle y hablar con él de esa evolución que está ocurriendo, y le animaría a un esfuerzo por llegar a esa España mucho más multinacional.

¿No te saturas a veces de la actualidad, de que todo sea tan cuesta arriba?
—A veces satura un poco y a veces está bien desconectar. Hace un par de semanas me fui a Islandia seis días y apagué el móvil. No te quiero contar cuando lo encendí, pero creo que fue un ejercicio muy sano y que me vino muy bien. Sin embargo, luego, inevitablemente, no puedo dejar de ver noticias. Y de leerlas, sobre todo.

¿Eres más lector o escritor?
—Mucho más lector, por suerte. Escribo bastante, pero, al fin y al cabo, escribo un reportaje cada dos semanas y leo todos los días.

¿Qué estás leyendo ahora?
Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Es casi un clásico, pero es que a veces no da tiempo a leer los clásicos y hay que ir haciéndolo poco a poco.

Debe ser difícil con tu ritmo de trabajo.
—Ya, bueno. Para leer siempre intento sacar cada día un ratito. Es otra de las cosas que me parece muy importante: si quieres escribir, más te vale leer todo lo que puedas.

¿Para qué más sacas tiempo además de escribir y leer?
—Para hacer deporte. Me gusta mucho y me viene muy bien mentalmente. Y saco tiempo para intentar ver a mis amigos. (Risas). No sólo a los más cercanos, que a ellos ya los veo, sino que de repente me doy cuenta de que estoy en una vorágine de viajes, de curro, de eventos, de compromisos y llevo siete meses sin hablar con una persona que me importa mucho o con la que tengo una buena relación. Entonces he acabado por cuidar esto de manera intencionada.

¿Qué hay en el futuro de Nacho Carretero? ¿Qué estás haciendo?
—Estoy empezando a trabajar en un libro sobre Pablo Ibar, que es un chico español que está condenado a muerte en Estados Unidos. Lleva veintipico de años encerrado, diecisiete en el corredor de la muerte. Él siempre se declaró inocente y yo desde hace muchos años sigo su historia. Estuve dos veces en el corredor de la muerte, en Miami, con él, conozco a la familia, a la mujer, al padre, etc… El año que viene va a ser su juicio y cada vez tiene más foco mediático. Me apetece contar su historia y en ello estamos.

Sólo me queda una pregunta. Cuando hablas de lo que buscas en tus testimonios haces referencia a “lo no obvio”. Cuéntame lo no obvio sobre Nacho Carretero.
—La más difícil para el final. No sé qué puede ser: no sé qué imagen proyecto, pero no se me ocurre en qué podría sorprender. Soy un chaval normal: que curro, que voy a jugar al fútbol con mis amigos, que me gusta tomar una caña, leer, ir al cine. Me gusta mogollón venir a Coruña, siempre que puedo, para ver a mi hermana y a mis sobrinos. Ver al Depor y enfadarme cuando pierde. ¡No hay una vuelta de hoja, soy bastante normal!

*Fotografía de Ángel López Soto

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Reportajes, Vidas anónimas

El cáncer también es una historia de princesas

A pesar de ser considerada como algo banal y vanidoso, la belleza, a veces, esconde un propósito

Yerlin Rincón tenía 10 años cuando le diagnosticaron cáncer. Todo comenzó por un dolor en la pierna derecha. Al principio su familia pensó que era una excusa para no ir al colegio, pero las quejas de Yerlin aumentaban así que, finalmente, terminaron por consultar a un traumatólogo. Dieron inicio, como es habitual, los interminables exámenes médicos. Sin embargo, el osteosarcoma que se había alojado en su rodilla pasaría un par de meses más sin ser descubierto.

El 25 de agosto de 2016 es un día que la familia de Yerlin no olvidará nunca: fue cuando la internaron por primera vez en el Hospital de Guanare, una zona rural de Venezuela ubicada en el estado Portuguesa. “Eso fue en la mañana”, dice Jennifer Rincón, hermana de Yerlin, “estábamos jugando, se sentó en la cama y oímos un sonido que venía de su rodilla”. Después del “crack” llegaron los gritos, el llanto y el ingreso a urgencias.

Así comenzó Yerlin su larga travesía en busca de un diagnóstico. Después de que una tomografía evidenciara la presencia de una lesión ocupante de espacio (LOE), el siguiente paso era realizar una biopsia. Para ello, llevar a cabo una intervención quirúrgica era inevitable. Como a casi cualquier niño, a Yerlin no le gustaban los hospitales: “Ella le temía a todo lo que tuviera que ver con quirófanos o inyecciones”, asegura Jennifer, por eso su mamá y sus dos hermanas se las ingeniaron para que nunca estuviera sola. “De esta vamos a salir”, se repetían unas a otras.

Tras un mes de espera, los primeros resultados: “Biopsia no concluyente”. No hay diagnóstico. Era necesario repetir la prueba y tomar una nueva muestra, someter a Yerlin otra vez a una intervención. Pero lo peor de todo era perder más tiempo.

Cuando el diagnóstico por fin llegó, en noviembre, más de dos meses después de aquel 25 de agosto, las células cancerosas ya se habían expandido por el cuerpo de Yerlin: los osteosarcomas son altamente metastásicos.

Desde que su familia puede recordar, el sueño de Yerlin era ser Miss Venezuela. A los seis años notó que su estatura sobrepasaba por mucho a la media: sus piernas largas prometían servir como un trampolín a las pasarelas. Por eso, cuando los doctores asomaron la posibilidad de una amputación, el golpe fue brutal, la vida parecía estarles jugando una broma cruel. Sin embargo, todos los que conocieron a Yerlin dicen lo mismo: siempre se mantuvo hermosa. Hasta el día de su muerte, e incluso después, Yerlin sería conocida en el Hospital de Guanare como Miss Portuguesa 2024.

yerlin 2

“Ese era el año en el que hubiera podido participar en el concurso”, explica Claret De Gouveia, Miss Amazonas 2016, “en el 2024 Yerlin habría tenido 18 años y, claro, habría representado a Portuguesa, su estado natal”. Ella, sin embargo, participó en el concurso cuando tenía 24 años. Las condiciones estaban dadas: estaba en la edad, había terminado su carrera, “¿por qué no?”, pensó Claret, y entonces lo hizo. Su participación fue especial, no dejó a nadie indiferente: Claret, recién graduada de médico cirujano, sería conocida como “la Miss Doctora”.

“Mientras estuvo hospitalizada, Yerlin se entretenía viendo programas de mises, le encantaban, se emocionaba mucho”, cuenta Jennifer. Ese año vio el paso de Claret por el concurso sin imaginar que pocas semanas después se volverían inseparables.

Sucedió cuando Yerlin fue trasladada a Caracas. En el Hospital de Guanare los recursos eran limitados, además no había una unidad de oncología pediátrica. No podían atender un caso como el suyo y por eso la enviaron a casa. Su familia, que se resistía a la idea de quedarse con los brazos cruzados, buscó la manera de hacer un traslado a la capital. Gracias a una tía consiguieron una cama en el Hospital Militar, uno de los pocos centros de salud abastecidos en Venezuela. Una vez allí, Yerlin recibió la mejor atención, aunque sólo se tratara de cuidados paliativos. Su pediatra, el doctor Gustavo Yánez, lo asegura: “Yerlin tuvo una muerte tranquila, no le faltó nada, cumplió todos los sueños que te puedas imaginar”.

Él personalmente se encargaría de que así fuera.

“Era de mi tierra natal, era una niña preciosa, tenía porte de Miss ¡y quería ser Miss de paso!”, recuerda el doctor Yánez. Para él fue inevitable involucrarse con su historia. Cuando en el Hospital Militar descubrieron la pasión de Yerlin por el Miss Venezuela, le presentaron al doctor Gustavo. Él, con suficientes contactos para regalarle a la niña el mejor día de su vida, le aseguró a la familia que pronto tendría una sorpresa para Yerlin, así que intercambiaron números de teléfono y quedaron en contacto.

El Doctor Gustavo había conocido a Miss Amazonas, Claret de Gouveia, hace algunos meses. Fue un encuentro casual en un centro comercial. Sin embargo, el contacto se mantuvo ya que, entre otras cosas, él y Claret compartían la misma profesión. Cuando la llamó para contarle la historia de Yerlin, ella no dudo en involucrarse, y con ella también otras de las mises que ese año hacían vida en el concurso.

Especialmente se involucraría, junto con Claret, Melanie Gerber, que para la fecha era Miss Anzoategui. Cuando le contaron el caso se sumó a la causa y hoy, casi un año después de su primer encuentro con Yerlin, confiesa que conocerla fue lo mejor que le pudo haber pasado: “Gracias a ella hoy soy una persona totalmente diferente, obviamente para mejor”. Para describir la relación que las unió, le basta una palabra: “Mágico, fue algo mágico”, dice.

Las hadas madrinas existen

Poco tiempo después, llegó la sorpresa: “El doctor Gustavo llamó a mi mamá y le dijo que arreglara a Yerlin porque iban a ir unas mises a visitarla”, cuenta Jennifer. Después de un rato, comenzaron a llegar.

Jennifer recuerda la reacción de su hermana: “Cuando las vio, muy altas, bonitas… Se emocionó muchísimo. Le llevaron una banda que decía “Miss Portuguesa”, le llevaron regalos, almorzaron juntas… Ese día fue grandioso para ella, nos dijo que había sido uno de los más felices de su vida”.

“¡El hospital se llenó de reinas de belleza!”, recuerda el doctor Yánez, “traían coronas y bandas originales, ropa, maquillaje… ¡Esa niña no lo podía creer! Me decía ‘¡Doctor, me duele el corazón!’. Antes de esto, Yerlin era una niña que anímicamente estaba muerta, estaba en una progresión de la enfermedad total, muy desanimada, y ese gesto, cumplir su sueño de sentirse como una Miss, la devolvió a la vida”.

yerlinCon Anyela Galante, Miss Venezuela Mundo, Yessica Duarte, Miss internacional Venezuela, y Andrea Rosales, Miss Tierra Venezuela.

Aunque ese día Yerlin disfrutó con todas las mises, hubo dos con las que tuvo una relación especial. Claret y Melanie llegaron a la vida de Yerlin para quedarse. Ambas, a partir de ese momento, se convertirían en sus hadas madrinas, como ella las llamaba.

yerlin 3Yerlin junto a Claret, Melanie y el Dr. Yánez

“Estuvimos conociendo su caso: Yerlin era de una familia de bajos recursos. Dependían de la salud pública y, claro, en medio de una crisis sanitaria, era muy complicado para su mamá costearle los tratamientos, acceder a quimioterapias, además de haber tropezado con muchas trabas diagnósticas”, explica la doctora Claret.

Por eso decidió canalizar el uso de sus redes sociales en pro del caso de Yerlin. Claret siempre quiso ser médico y su motivación fue la misma desde que tiene memoria: “Ayudar a las personas”. Cuando terminó la carrera, decidió tachar el Miss Venezuela de su check list. Al principio, lo hizo por hobby, pero una vez dentro del concurso se dio cuenta del alcance comunicacional que tenían las mises en su país. A partir de ese momento, comenzó a utilizarlo como un brazo más de su profesión.

“Durante el Miss Venezuela, y después, tuve la posibilidad de apoyar a muchos pacientes. Me di cuenta de que podía involucrarme y apoyar buenas causas y eso para mí es muy reconfortante”, asegura Claret, sin embargo, hace énfasis en que “tampoco podemos olvidar que el Miss Venezuela es un concurso de belleza, no de almas caritativas, entonces en algún punto yo no pude trascender tanto como hubiese querido, aunque me doy por bien servida”, explica.

Y así fueron mezclando la salud con la belleza para ayudar a Yerlin: no sólo conseguían proveer todo aquello que necesitaba para su tratamiento, como agujas, medicinas, o exámenes específicos, Melanie y Claret iban también a jugar, a divertirla y, especialmente, a recordarle que era bella a pesar de todas las inseguridades que pudiera sentir por los cambios que había generado en ella su condición.

“Queríamos conseguir dos cosas: procurar que no le faltase nada médico y conseguir que viviera esa fantasía de cualquier niña de diez años que en lo que debe pensar es en sus muñecas, en jugar, en sus cosas, y no en un diagnóstico tan duro como el que tuvo”, afirma Claret. Por eso en sus últimos meses de vida, Yerlin tuvo más abundancia de la que jamás se imaginó: muñecas, vestidos, maquillaje… y muchos amigos.

Pero posiblemente el momento favorito de todos los que vivieron esta historia fue la celebración del cumpleaños número once de Yerlin. Ella, que nunca había celebrado un cumpleaños con piñata, no sólo tuvo una gigante esta vez, además la agasajaron con cinco tortas diferentes, con muchísimos regalos, con visitas especiales de personas a las que siempre había soñado conocer, con música y, por supuesto, con la presencia de sus seres queridos y de todos los niños del servicio de oncología.

yerlin 5Yerlin Rincón junto con el doctor Gustavo Yánez, Claret De Gouveia, Melanie Gerber y Keysi Sayago, actual Miss Venezuela.

Fue un 10 de febrero. Claret y Melanie se encargaron de organizar la fiesta de Yerlin. “El día de su cumpleaños ella estaba muy feliz. Su fiesta fue de Frozen, que le encantaba, la disfrazaron de Elsa. Además, estaba con nosotros, con su familia, Yerlin estaba feliz. Esa noche, antes de dormir, nos dijo que había sido uno de sus mejores cumpleaños”, recuerda con nostalgia, su hermana Jennifer.

Para ese momento, Yerlin ya no tenía cabello. También había perdido su pierna derecha, un mes antes, tras afrontar la amputación a la que tanto temía. Pero, sin embargo, su último cumpleaños fue muy feliz. Después de todo, para eso son las hadas madrinas.

El luto

“Usualmente pensamos que el luto hace referencia a la muerte de alguien, pero, en realidad, el luto se genera cuando tú pierdes algo”, explica la doctora De Gouveia, “cuando tú pierdes la cotidianidad, elaboras un luto; cuando pierdes tu cabello, elaboras un luto; cuando pierdes la posibilidad de sentirte bonita, atraviesas por un luto también”.

Mientras su familia se enfrentaba al luto que suponía perder a la integrante más pequeña y hermosa de la casa, Yerlin batallaba con uno distinto: su propio reflejo que se había convertido en un extraño.

Ella era otra, se sentía otra en esa cama de hospital: notaba los cambios que generaba en su cuerpo una agresiva quimioterapia, la pérdida de peso, de movilidad, los mechones de cabello que se caían en la ducha y, además, la posibilidad de perder una de sus largas piernas de modelo amenazaba con destruir sus sueños.

“Cuando se enteró de que iba a perder su cabello comenzó a llorar. Fue una noticia muy dura para ella”, cuenta Jennifer, “le ofrecimos cortárnoslo todas, le explicamos que le iba a volver a crecer, le dijimos que se iba a ver igual de hermosa, que iba a parecer una de sus muñecas… Le dijimos muchas cosas hasta que fue perdiendo el miedo”.

Después de un tiempo, sería la misma Yerlin quien tomaría la decisión de cortar su larga cabellera. “Hermana, córtame el cabello porque me molesta muchísimo. Córtamelo por los hombros”, le pidió a Jennifer, y su hermana así lo hizo. Poco tiempo después, Jennifer, o Pepe, como le decía Yerlin, recibió una solicitud que jamás hubiera podido imaginar: “Pásame la máquina, Pepe. Me molesta mucho el cabello y además me da calor”.

Las versiones coinciden: a pesar de perder todo su cabello, Yerlin continuaba hermosa. Su rostro se resistía a perder el encanto. A veces, cuando se miraba en el espejo, incluso ella lo notaba. Otros días, más difíciles, más opacos, necesitaba un empujón para mantener el ánimo. La presencia de Melanie y de Claret era vital en esas ocasiones.

yerlin 6Yerlin Rincón junto con su hermana, Jennifer Rincón, y Melanie Gerber.

En sus visitas, además de jugar, conversar y tomarse muchas fotos, enseñaban a Yerlin a maquillarse, aunque siempre le insistían en que a ella no le hacía falta. Las sesiones de maquillaje, de manicura o pedicura, conseguían que Yerlin se reconciliara con su imagen, hacían más llevadera la situación.

Un día, Claret y Melanie aparecieron en el hospital con un regalo muy especial para Yerlin: “Hablamos con Ivo Contreras para donarle una peluca, él es quien hace las pelucas para el Miss Venezuela. Le hicimos una lo más parecida posible a su cabello original. La cara de felicidad de esa niña cuando se la dimos… ¡No te la puedes imaginar!”, recuerda Melanie.

“El cabello en Venezuela se cotiza a un precio muy elevado. Las extensiones o las pelucas pueden llegar a costar 800 o 900 USD, un monto muy alto para un venezolano común”, afirma Claret, “pero para estos pacientes tener acceso a estas herramientas representa la posibilidad de mantenerse dentro de una cierta normalidad, aferrarse a lo familiar que han tenido toda la vida, porque desde que nacemos tenemos cabello. En medio de tantos cambios, poder aferrarnos a algo es imprescindible”, asegura la doctora y, en ese sentido, gracias a todos los apoyos que recibía, Yerlin logró conservar, por lo menos hasta cierto punto, la normalidad en su vida.

Pero después llegó la amputación, un golpe fatal. “Mi otra hermana ya había comenzado a asomarle que existía la posibilidad de que perdiera su piernita. Le decía que tenía un animalito ahí que le estaba haciendo daño y que tenían que sacárselo para que estuviera más tiempo con nosotras”, recuerda Jennifer.

Claret, por su parte, afirma que la posibilidad de perder la pierna era quizás lo que más le preocupaba a Yerlin: “Yo creo que ella, gracias a Dios, no alcanzaba a tener plena consciencia de su enfermedad. No concientizaba morir, su miedo era perder la pierna y la posibilidad de ir al concurso”.

“Para Yerlin el Miss Venezuela era un sueño: era la posibilidad de conocer Caracas, era la posibilidad de tener mejores ingresos para su familia, porque asumía que era súper rentable, el Miss Venezuela para ella era sentirse famosa, era ese sueño de la grandeza”, explica la Dra. De Gouveia.

“Yerlin me preguntaba: ‘pero ¿yo de verdad voy a poder modelar como ustedes con una pierna así?”, recuerda Melanie, y luego, cuando trata de explicar la belleza de Yerlin, no consigue las palabras. “Yo le insistía siempre en que era una niña hermosa, en que tenía una sonrisa preciosa, en que no le hacía falta maquillaje para verse como una princesa… Y Yerlin era nuestra princesa”, dice al final.

yerlin 7Yerlin Rincón con una peluca donada por Ivo Contreras.

Entre su familia, sus hadas madrinas y el doctor Gustavo, emprendieron entonces una labor larga pero que daría buenos resultados. Buscaron fotos de modelos diferentes, modelos amputadas, modelos con vitíligo, modelos de diferentes tallas, modelos con rasgos físicos inusuales, y así comenzaron a mostrarle a Yerlin que la belleza era mucho más que el patrón que ella conocía. “Si ellas se sienten bellas es porque lo son, no simplemente porque alguien les diga que sí o que no”, le explicaba Claret, “¡si se sienten así, lo son y punto!”.

Comenzamos a buscar historias para motivarla y también comenzamos a mostrarle prótesis”, dice su hermana. El problema de los fondos, que en Venezuela suponen una importante complicación, sería solventado con ayuda de Melanie y Claret. Lo importante era permitir que Yerlin tuviera opciones, o que por lo menos lo sintiera así.

Si te arrebatan algo de tu cuerpo, tú quieres restaurarlo de una u otra manera”, puntualiza el doctor Gustavo Yánez. “Muchos dicen que esto es solamente una fachada de la persona, y puede ser, pero esa persona valora el hecho de sentir que sigue siendo quien siempre ha sido”, explica Yánez.

“La gente tiende a percibir la belleza o la imagen como algo superfluo, como algo banal, pero no se dan cuenta del impacto que puede tener. Aunque la belleza es subjetiva, sentirse bien con uno mismo empieza por reconocer lo que ves en el espejo. Cuando a ti te gusta lo que ves frente al espejo, eso cambia tu vida”, reflexiona, también, Claret, la “Miss Doctora”. “El maquillaje, la peluca o la posibilidad de tener acceso a una prótesis, eran distractores para que Yerlin mantuviera su ánimo y su energía”, asegura De Gouveia.

Al final, Yerlin terminó por aceptar también la amputación. “Si es por estar más tiempo con ustedes”, decía. Y así lo hizo.

Su cirugía fue programada para enero. Todo estaba listo y parecía estar bajo control. Sin embargo, sus exámenes preoperatorios deparaban un nuevo trago amargo para Yerlin y su familia.

“Cuando revisamos sus exámenes de sangre, resulta que la niña presentaba un VIH positivo, contraído por una trasfusión sanguínea”, recuerda el doctor Yánez, “eso complicaba mucho más las cosas, claro, porque suponía tratar con antirretrovirales a una paciente con la condición de Yerlin, que recibía quimioterapia”.

Una de las primeras trasfusiones de sangre que recibió Yerlin en el hospital de Guanare estaba infectada. “No pudieron saberlo porque no había reactivos”, explica Jennifer, que también denuncia que este centro de salud se encuentra en condiciones críticas. “Para mi mamá fue muy duro porque ya se sumaba el cáncer más el VIH. Nuestras esperanzas disminuían, era muy fuerte”, recuerda Jennifer.

A Yerlin, por su parte, nunca se lo dijeron. Cuando llegaron los resultados le aseguraron que todo estaba bien. “Eran demasiadas malas noticias para una niña”, dice su hermana.

Morir como Yerlin

Ella ya lo sabía, cuenta su hermana Jennifer, “algunos días antes dejó escrito en notas que le dolía mucho y que sabía que se iba a ir al cielo con Dios”. Su madre, la señora Rosa, también tenía ese semblante triste de quien siente que la vida de un ser amado se le escapa de las manos. “Me dijo que sentía que su angelito se le estaba yendo”, recuerda Melanie Gerber. Y tenía razón.

Yerlin, sus hermanas y su madre se encomendaron a Dios. Sus hadas madrinas también. Después de tantos meses atravesando esa dura enfermedad, todos aquellos que la querían estaban dispuestos a aceptar que había llegado el final del camino. Se consolaban, como de alguna u otra forma lo hacen todos, con la idea de que “ahí”, a donde quiera que Yerlin fuera después, ya no había dolor, no había cansancio.

La historia clínica de Yerlin bien podría ser una oda a la injusticia: su osteosarcoma, que al final se alojó en ambas rodillas, hizo metástasis en pulmón. Posteriormente afectaría también a otros órganos. Tendría que enfrentar una amputación de la pierna derecha. A su condición de base se sumaría un VIH positivo contraído a través de una trasfusión sanguínea contaminada. Sufriría también un ACV. Finalmente, tras una semana de deterioro, Yerlin moriría de un paro cardiorrespiratorio el 3 de junio del 2017.

Sin embargo, es posible que nadie que lea estas líneas pudiera atravesar ese largo camino como lo hizo Yerlin: esa niña guapa y de 11 años que jamás dejó de sonreír. Por eso la muerte de Yerlin tuvo, y mantiene hoy, un aura de dignidad. Porque frente a la injusticia, que le arrebató incluso su último aliento, Yerlin fue feliz.

Yerlin mantuvo la fe en la vida, en la vida como una luz más allá de ella y sus circunstancias.

A pesar de su enfermedad, de las dificultades, del dolor o del miedo, Yerlin Rincón venció el cáncer: “Nosotros le ganamos al cáncer, indistintamente de que Yerlin falleciera, porque la hicimos la niña más feliz del mundo”, reflexiona Melanie.

Como siempre pasa, la vida continuó después de la muerte de Yerlin, y aunque nada sigue igual, todo parece lo mismo. A pesar de que su muerte fue dura, todos los involucrados en esta historia han aprendido que en el recuerdo también hay vida.

Así, Yerlin ha encontrado la manera de seguir viviendo. Y lo hace a través de un legado: de las donaciones que aún recibe el doctor Yánez, por ejemplo, o de la fundación Somos Vida, gestionada también por Yánez y que se encarga de apoyar a pacientes oncológicos infantiles. Yerlin sigue viviendo en Melanie y en Claret, en la idea de la belleza con propósito. Yerlin sigue viviendo en la unión de su familia.

Hace un mes, la peluca que tantas alegrías le brindó a Yerlin fue donada. La recibió una chica de 15 años con alopecia idiopática. “Era como ver a Yerlin otra vez”, recuerda el doctor Gustavo, y quien escribe, entonces, no puede evitar pensar en una frase: “donde hay esperanza hay vida”. Sí, y donde hay amor, también.

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Las niñas son mises y los niños son peloteros

“En Venezuela, las mises son percibidas como las mujeres intocables”, afirma Melanie Gerber, Miss Anzoátegui 2016, y puede que esta sea la razón de que el sueño de convertirse en reina de belleza sea tan cotizado entre muchas niñas. “Sobre todo en las poblaciones rurales, si eres niña, tu familia quiere que seas Miss, y si eres niño, quieren que seas pelotero”, explica Claret de Gouveia, Miss Amazonas 2016.

Sin embargo, y más allá de la belleza, Claret y Melanie se quedan con la misma sensación tras su paso por el certamen: el alcance y el poder comunicacional que tienen las mises, herramientas que, lamentablemente, se diluyen en aguas de vanidad.

En un contexto como el venezolano, que atraviesa conflictos políticos y sociales importantes, Melanie Gerber considera que una Miss debería tener el tacto de querer conectar con la gente y ayudarla, transmitir mensajes más profundos que simplemente la belleza.

“Si te soy sincera, yo, al final, no quería ser Miss Venezuela porque sabía que no me iba a permitir llegar tanto a las personas como lo hago ahora”, dice Melanie, que actualmente continúa apoyando pacientes y tiene planes de crear una fundación en conjunto con Claret.

“Yo durante el concurso sufrí un accidente y quedé con una cicatriz en mi pierna derecha”, cuenta Claret, “la maquillé y no se notó nunca. Nadie se enteró, pero termina el Miss Venezuela y a mí lo que me queda es la cicatriz”, afirma. Sin embargo, después de compartir con Yerlin Rincón se olvidó de sus complejos: “Ella tenía un problema mucho más importante en su pierna derecha, y era que la iba a perder”.

Claret asegura que su encuentro con Yerlin fue providencial. Además de ser un “cable a tierra”, sembró en ella algo más: la importancia de la belleza con propósito, la importancia de la belleza por mucho más que la belleza en sí misma.

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Opinión

Venezuela: la patria que no fue

Lo recuerdo. Y puede que sea mi primer recuerdo sobre política venezolana. Sucedió hace diecinueve años, cuando yo tenía apenas cinco. Estaba con mi papá, mi mamá y mi hermana. Habíamos salido a la calle por el cierre de campaña de un candidato mediocre, como todos los de esa época, como cualquier otro. Menos uno.

El huracán Chávez había revolucionado el panorama; la política, antes intrascendente, se había convertido en un discurso apasionante, que hacía vibrar a la gente, que polarizaba y, sobre todo, que movilizaba a unos y otros: los que estaban de acuerdo y los que estaban en contra. Por eso estábamos en la calle ese día: no por la política, por Chávez, el militar, el del golpe de Estado, el del “por ahora”.

El sol comenzaba a ocultarse y un atardecer morado inundaba el cielo caraqueño. Paramos para poner gasolina y pasó. Llegó una caravana grande y ruidosa. Varios cuerpos se asomaban por las ventanas. Levantaban ambos brazos a la altura de la cabeza: con una mano hacían un puño y acto seguido la estrellaban con fuerza en la otra mano. El gesto se volvería popular poco tiempo después.

Bajé del carro con mi papá, él se paró a mi lado, se agachó para estar a mi altura y los señaló con un dedo. Yo estaba absorta, viéndoles. “Míralos bien”, me dijo, “míralos bien porque ellos van a acabar con tu país”. Sentí miedo incluso antes de su sentencia. Sentí miedo porque sus gestos eran violentos, su rabia era evidente, incluso para una niña de cinco años.

Hoy tengo veinticuatro años. Ya no vivo en Venezuela. He estudiado para ser periodista. Me he mudado a otro continente para hacerlo “en paz”. Y mi principal motivación ha sido sólo ésta: contar la historia, nuestra historia. Pero, ante todo, entenderla. O tratar.

Aquí estamos: han pasado diecinueve años desde aquella tarde. Es 19 de abril de 2017. Una parte del huracán Chávez sigue marcando la pauta política de Venezuela: todos se movilizan, los que están a favor y los que están en contra.

Todo se polariza. Una marcha respalda al Gobierno, que ahora preside Nicolás Maduro, y clama por penas máximas para los “terroristas” de la derecha traidora. Otra denuncia una ruptura del orden constitucional y acusa al primer mandatario de dictador, de represor, de criminal. El hilo conductor, sin embargo, es el mismo: la rabia, la violencia, el hartazgo. Eso sí nos une a todos.

Pero las armas nos diferencian. Y los métodos también. Nos diferencian las torturas televisadas, las bombas lacrimógenas vencidas que lanzan desde helicópteros, los perdigones a quemarropa, una que otra bala que, casualmente, suele impactar en la cabeza. Al otro lado hay piedras y bombas molotov. Gente que no tiene nada que perder se enfrenta a gente que lo puede perder todo: la combinación es explosiva.

Mientras escribo, Venezuela marcha y se manifiesta. Hoy se deciden posturas. Figuras políticas se perfilan. Campañas y estrategias, un nuevo discurso rancio. Así, en el esplendor de la más tradicional mediocridad criolla, la hegemonía continúa en disputa. El mundo observa. Se escriben las versiones.

Mientras yo escribo esto, un manifestante opositor recibe un tiro en la cabeza. Y creo que los morochos Sánchez, dos estudiantes de Ciencias Políticas de la UCV y militantes de Primero Justicia, ya han sido trasladados a la cárcel de Tocorón. Miles de manifestantes arriesgan su vida en enfrentamientos contra la GNB. E incluso los que ya están resguardados en sus casas se arriesgan porque un PNB puede disparar una bomba lacrimógena dentro de su vivienda. Así, sin más.

Mientras yo escribía el párrafo anterior, desde la más honda indignación que nubla hasta las palabras y acalora el cuerpo, el joven de 17 años al que le dispararon en la cabeza falleció.

Escribir sobre Venezuela es difícil, abruma. Diecinueve años pasan en un segundo que parece destinado a repetirse una y otra vez, hasta el fin de los tiempos. La circularidad marea, confunde. Venezuela es el limbo de la injusticia. Tratar de explicarla, de apaciguar el tono, es imposible. Es imposible porque duele en las entrañas, en la infancia que no fue, en la juventud que no será, en todos los viejos que no vamos a conocer porque nos fueron arrebatados.

Y a algunos aún no les basta: Nicolás Maduro amenaza con armar a un millón de milicianos. Amenaza con el Plan Zamora en verde. Amenaza con ser un pendejo mediocre que ha llegado al poder por el dedo de un moribundo y ahí sigue. Amenaza desde el absurdo más absoluto. Amenaza y hay que contarlo.

Contar que en dos semanas ya son 538 las personas detenidas en protestas, según denuncia el Foro Penal. Contar que algunas de ellas serán torturadas, como los gemelos Sánchez, como Marco Coello y otros que la dinámica veloz de este país nos hace olvidar. Contar que a algunas personas les parece bien porque les dicen en cadena nacional que pensar distinto es terrorismo.

Hace unos días mi hermana mayor recordaba la marcha del 11 de abril de 2002. Me contó que mi reacción al ver las noticias, que reportaban muertos y heridos, fue llorar y denunciar ante mi padre, mi institución de mayor autoridad, una frase corta: “nos están matando”. Yo tenía nueve años. Hoy, quince años después, mi denuncia es la misma: sí, nos siguen matando. Sus políticas, sus malandros, sus cuerpos de seguridad. Su arrogancia nos está matando en el nombre de una patria que ya no existe.

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Entrevistas, Radiografías

Laureano Márquez: “Él habla en serio y la gente se ríe”

Laureano Márquez sigue la huella de los venezolanos que emigraron. Desde España hasta Abu Dhabi, el recorrido de su gira mundial pasa por Londres, París, Viena, México y termina en Los Ángeles. A cada escenario lleva lo mismo, eso que tanto se echa en falta, algo De Venezuela con humor. Y aunque en medio de su comedia se escuchan llantos anónimos, quizás lo más importante que Don Laureano le regala a su audiencia es la posibilidad de reír y llorar las penas a puertas cerradas, con la calidez del hogar, ese que va más allá del suelo y está en la gente.

Al día siguiente de su presentación en el Centro Ágora, en La Coruña, me recibe temprano en la cafetería del hotel en el que se hospedará unas horas más antes de marchar a su próximo destino: París. Me prepara un café, “marrón claro, como lo hacemos nosotros”, y entonces nos sentamos a conversar.

Un recuerdo de la infancia que salvarías del olvido.
Cuando tomé el barco en Santa Cruz de Tenerife para venir a Venezuela.

¿Cómo lo recuerdas?
Recuerdo que cuando el barco zarpó ya era de noche. Íbamos en la baranda viendo cómo oscurecía, viendo las luces de los pueblos. Recuerdo que mi mamá y mi papá decían: “Ah, esta debe ser Candelaria”, por las luces de la isla que íbamos abandonando. El pueblito de nosotros se llama La medida y en un determinado momento mi papá o mi mamá dijo “Aquello debe ser La medida”, y entonces yo que era muy chiquitico dije: “Adiós, Medida”. Y me despedí de mi pueblo para siempre.

Me acuerdo porque mi papá y mi mamá se rieron mucho, les causó a ellos mucha gracia que yo me despidiera así.

Un recuerdo de la escuela, el más antiguo.

El más antiguo que tengo es de mi escuela aquí (España), donde aprendí mis primeras letras. Mi primer maestro fue Don Luis Olima. Recuerdo que nos pegaba con una regla pero no porque era malo sino porque esa era la educación española de ese tiempo. Una vez rompimos un porrón y él se molestó mucho. También recuerdo que nos daban leche, una botella de leche que nos daba el gobierno de Franco, pero a mí no me gustaba el sabor de la leche sola, hasta el sol de hoy, entonces mi mamá me daba como una servilletica envuelta; creo que no habían servilletitas en mi pueblo en aquella época; me daba un papelito o algo con el gofio y azúcar para que yo se la echara a la botellita y podérmela tomar. El sabor de la leche sola nunca me ha gustado.

Cinco momentos históricos de Venezuela que te cambiaron la vida de alguna manera.

El triunfo de Luis Herrera Campins porque fue la primera vez que yo me sentí involucrado en cosas políticas…

Mira, antes la política no te cambiaba demasiado la vida. Nosotros teníamos gobiernos que no determinaban que tu vida cambiara radicalmente, hasta que llegó el Comandante Hugo Chávez.

Esos sí han sido los momentos históricos que más me han cambiado la vida, o sea, por la llegada de Hugo Chávez pasaron muchas cosas en mi vida. Para bien y para mal. Y, sobre todo, pasaron cosas en mi país para muy mal.

Entonces los momentos históricos que a mí más me han marcado… O sea, lo de antes… No puedo decir que mi vida se enrumbó porque Caldera ganó la segunda vez o porque Carlos Andrés… No, no. No produjeron en mí grandes cosas. Chávez sí, por ejemplo. Chávez marcó mi forma de humor, pero también mi decepción de la realidad nuestra. Mi vida familiar, la diáspora, los amigos… Son cosas que te marcan muy concretamente. Antes sólo teníamos malos gobiernos pero después de que llegó Chávez hemos tenido y tenemos la destrucción del país que, mucho más que un mal gobierno, es la destrucción de una manera de vida.

Entonces, bueno, de Chávez debo tener como cien momentos y sería largo de relatar. Pero más que todo ese fue el momento donde la política más ha influido en mi vida.

Algo concreto que recuerdes de Chávez

Recuerdo que una vez coincidimos en un programa de radio cuando él era candidato presidencial. Era un programa en el que yo participaba y no quería estar ahí ese día. A mí nunca me gusta estar cerca de los políticos o al lado de los políticos porque los políticos tienen una cosa que hace que uno se encariñe con ellos cuando los conoces porque tienen una magia y magnetismo y carisma y yo no me quiero encariñar con los políticos.

Yo me encariño con los políticos cuando ya dejan de ser políticos. Por ejemplo, con Caldera ahora yo estoy encariñado. O sea, a mi me parece que Caldera, con sus fallos y con sus cosas, fue un hombre extraordinario para Venezuela, como Rómulo Betancourt. Son dos personas que protagonizaron el momento político más lúcido que ha tenido Venezuela en su historia, que es el Pacto de Punto Fijo.

Eso sí fue algo que cambió mi historia pero yo no había nacido todavía cuando pasó. Y después, claro, hay muchas otras cosas que cambian tu historia antes de que nacieras. Yo siempre predico en mis monólogos que uno es un ser histórico. O sea, si el General Espartano Leónidas no hubiese ido a pelear en el paso de las Termópilas en el año 380 antes de Cristo, ni tu ni yo estaríamos aquí. O si César Augusto no cruza el río Rubicón, porque uno es producto de toda la historia anterior, un poco como el efecto mariposa: si cambias algo antes, toda tu vida cambia.

Tengo entendido que estudiaste Política y Teología, ¿cómo lo relacionas? ¿En qué se relacionan para ti?

Yo creo que política, religión, humor, filosofía, están concatenadas porque todas ellas tienen que ver con el destino del ser humano. La política con el destino concreto del ciudadano. La religión con el destino trascendente. La filosofía con el destino del pensamiento. Y el humor con la gracia necesaria para darle sentido a todo eso.

¿Cómo era Laureano Márquez antes de convertirse en Laureano Márquez, el que conocemos hoy?

Yo tenía una relación de afición al humor. Los humoristas en general son gente que no sabe que es humorista hasta que todo el mundo se lo hace notar. El humorismo es una… A mí me gusta mucho como lo definía Zapata: él decía que es como una enfermedad con la que nace cierta gente. Y tú no te das cuenta. Cuando uno tiene una falla visual uno no se da cuenta hasta que le ponen unos lentes. Yo recuerdo que yo veía las cosas y me parecía que las cosas se veían así.

La primera vez que yo fui a hacerme un examen de la vista y me pusieron la forma yo dije: ¡Coño, el mundo se puede ver de otra manera! Y uno ve los árboles y se les ven las hojas. O sea, yo veía los árboles como una cosa verde y yo pensé que los árboles se veían así. Entonces el humorista piensa que él ve el mundo como el mundo es, hasta que cae en cuenta de que son unos lentes que él tiene y que nació con esos lentes y que todo el mundo celebra lo que él dice. Pero él habla en serio y la gente se ríe. Al principio te dan ganas de llorar pero después lo asumes.

Y después tratas de vivir de eso.

¿El humor es un estilo de vida, es una manera de ver la vida o es algo más?

Es un estilo de vida, es una manera de ver la vida y es algo más. Sí. Y yo creo que es un estilo espiritual de acercamiento con la gente y con la realidad. Y de amar, en el sentido cristiano de la palabra amar. El humorismo auténtico debe llevarte al amor.

Después es una forma de ver el mundo. Sin duda. El humorista ve el mundo con sus lentes, con el color del humor.

Y después es algo más: es una manera de enfrentar la tragedia, de enfrentar el dolor, de combatir el sufrimiento y de mantener viva la esperanza.

¿Alguna vez pensaste que con el humor ibas a poder intervenir en un momento tan crítico de la historia venezolana?

No. No. Nunca. Y de hecho todavía, a mi todo el mundo me dice que lo que yo hago es muy importante pero yo, a mí mismo, no me veo así. Yo me veo como siempre. Yo siento que, como dice el evangelio, hago lo que tengo que hacer. Yo no tengo ningún mérito, yo no soy una persona extraordinaria: yo soy una persona que, como un herrero, hace rejas y, en vez de piratear, el tipo hace lo posible porque su reja quede lo mejor.

¿Un poco como la fábula del Colibrí que mencionas tantas veces?

Exactamente. Yo trato de que lo que hago quede lo mejor posible. A veces hago una reja y me queda chucuta pero la gente es tan agradecida que me dice: “¡no vale, está bien!”. Y otras veces me quedan muy bien. Pero trato siempre de hacerla con el mejor propósito, no soy un estafador. A mí me gusta hacer una reja buena, de calidad, y si el tipo no me la pagó tampoco me importa mucho. Me importa que quede buena, y creo que todo lo demás viene por añadidura.

O sea, si tú eres un buen fabricante de rejas te va a ir bien en la vida.

¿Hay algún libro o libros que condicionaron quizás tu manera de ver la vida?

Sí. Yo creo que no hay un libro en particular, hay muchos libros.

O quizás autores.

Sí, autores sí. Por ejemplo, en la literatura venezolana: Andrés Eloy Blanco, Aquiles Nazoa, Augusto Mijares, Mariano Picón Salas, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri. Ahora estoy leyendo al hermano, que no lo conocía, Juan Uslar Piertri, muy interesante. Gente como Caballeros, José Ignacio Cabrujas. Es que son muchos.

¿Y de alguna manera eso te ayudó a entender el país, a leer el país?

Sí, sí, sí. Es que yo solo no puedo, yo no puedo, yo me auxilio con la gente que ya lo ha visto y lo ha pensado. A lo mejor algún día yo también lo puedo pensar y producir un pensamiento original pero yo me apoyo mucho en lo que gente muy inteligente ha pensado. Yo no soy tan inteligente, lo que pasa es que no lo digo porque mejor que la gente siga creyendo que sí lo soy. Pero yo leo gente inteligente como Uslar, que era un hombre inteligente, o como Mariano Picón Salas, que era un hombre muy inteligente también, y leo lo que ellos escriben y coincido con ellos, desde la intuición que yo tengo del país. Me apoyo en ellos para construir el mensaje que quiero hacer.

Carlos Rangel, del buen salvaje al buen revolucionario… Sí, hay muchas cosas: en la poesía, en la literatura. ¡Cadenas! En el arte… Yo creo que los venezolanos tenemos una bonita fuerza cultural; nosotros a veces olvidamos lo grandes que somos.

¿Alguna frase?

De Mariano Picón Salas recuerdo una frase que se refería a los venezolanos que estaban en el “vivamos, callemos y aprovechemos”. Me parece una frase lapidaria. También “sembrar el petróleo”, la famosa frase de Uslar.

¿Qué humoristas te gustan?

De los nuestros me gusta Pedro León Zapata, Emilio Lovera, me gusta Claudio Nazoa… Me gustan todos los nuestros. Son los que más me gustan. Cayito Aponte. O sea, me gustan todos los nuestros, pero todos. Son muy buenos. No hay ninguno que yo pueda decir que no lo es. Y después, en el plano internacional, me gusta Chaplin, obviamente, que es el gran maestro. Me gusta un argentino que se llama Enrique Pinti, me gusta un chileno que se llama Coco Legrand, me gustan mucho los colombianos: Garzón era un hombre increíble. Los tres chiflados. Carol Burnett me parecía genial. De Italia, Totó. Los clásicos, yo voy mucho por los clásicos.

¿Qué crees que pudo haberle dado el humor al mundo?

Mira, todo. Probablemente incluso el pensamiento surgió en el hombre cuando comenzó a reír de sus dolores. Y creo que las primeras formas de comunicación y verbalización tuvieron algún contenido humorístico. Y creo que, después de la angustia de una casería en la prehistoria, o de los momentos más duros del día, cuando el hombre se reunía con sus congéneres, en torno al fuego de la cueva, seguramente ahí había humor, ahí estaba naciendo el humor.

Y el humor es el compañero del ser humano para sobrellevar los dolores de la vida, que son muchos y muy variados. Es un antídoto contra la intolerancia. Creo que el humor, silenciosamente, ha librado las mejores batallas por la paz.

¿Te viene a la memoria algún recuerdo universitario?

Sí, muchos. La primera vez que fui a la Universidad Central. El Aula Magna, mi graduación. La biblioteca me fascina todavía hoy. Me gustan todas las bibliotecas, pero me gusta la biblioteca de la Universidad Central. En estos días fui, me había olvidado además de la bella vista de Caracas que hay desde esos balcones. Es increíble. Me gustan los salones de clase, tan clásicos. Me gustan las Nubes de Calder, el Pastor de Nubes, las obras de arte que están por toda la universidad. Todo, todo. Yo soy un enamorado de la Universidad Central de Venezuela. Yo quisiera que la Universidad Central de Venezuela floreciera como merece; como merecen los que la pensaron, los que la soñaron, los que la construyeron, los que la fundaron hace tantos siglos.

La Universidad Central de Venezuela ha dado grandes cosas al país. Hay que mantenerla como la primera casa de estudios del país. Y bueno, este gobierno ha sido… ha golpeado mucho también la educación universitaria. Tristemente, entre las cosas que destruyó está la educación universitaria. Pero ni está tan destruida como mucha gente piensa. Porque aquí estás tú, eres producto de la universidad y eres buena, entonces significa que, aún en estas circunstancias, la universidad es tan noble que produce gente buena.

¿Cuál es la característica que más admiras del ser humano?

La coherencia, creo. La coherencia entre lo que uno piensa y lo que uno hace. En ese sentido yo admiro un poco al chavismo, lo admiro entre comillas, porque ellos son coherentes con su pensamiento destructor. Pero por supuesto que me gusta la coherencia buena, la bonita, la gente que… Me impresiona la gente que es muy digna y muy honesta; la honestidad. Me parece algo importante el compromiso con las ideas, esa gente que logra vivir comprometida con su pensamiento. Me parece la virtud más admirable.

¿Una palabra del castellano?

Amor.

¿Si tuvieras que elegir una sola fábula para contar cuál sería? Y sé que es una pregunta difícil porque te gustan mucho.

Bueno la del colibrí me gusta mucho. Y las de El Principito, todas… Es que elegir una cosa siempre es difícil.

Tú siempre hablas muy bien de los venezolanos y yo creo que eso es importante pero ¿hay algún rasgo del venezolano que te quite el sueño? ¿Algo que te haga pensar que contra eso debe luchar nuestra sociedad?

Sí, la viveza, el oportunismo, el egoísmo. Son diferentes formas de llamar lo mismo. Eso me quita el sueño, a veces pienso que no podemos cambiar, que no vamos a cambiar. Ese afán de que nuestro lucro personal esté por encima del país nos hace mucho daño. Por eso esa frase de Mariano Picón Salas, cuando él criticaba que el venezolano estaba en el “vivamos, callemos y aprovechemos”; ese rasgo es el más feo.

¿Y cómo encuentras la esperanza para trasmitirla en tu discurso?

La encuentro en la gente buena, en la gente que está resistiendo desde la bondad. En la monjita que tiene una escuela en Petare, en la gente que está en Mérida y sigue haciendo mermelada aunque no se consigue azúcar, en los que tienen una posada y siguen tendiendo las camas para que vaya la gente. En el hombre sencillo que no roba. En la gente que está en el barrio y está haciendo lo que puede para que su hijo se gradúe de sexto grado. En ese conjunto de cosas que se va entretejiendo; cuando miro por mi ventana y encuentro el Ávila: eso me ayuda a resistir, la belleza. La belleza humana y la belleza física, pero primero la humana.

¿Cualquier otra cosa que no te haya preguntado?

Me lo preguntaste todo.

¿Algún mensaje para finalizar?

Decirle a la gente que pueda leer esto que no se depriman, que no lloren… O que lloren, no importa, yo también lloro con bastante frecuencia, pero que sientan que se puede. Que no debemos perder la esperanza, ni siquiera con la muerte, porque muchos seres humanos creemos que no todo termina en la muerte.

Y bueno, yo no sé si todo termina en la muerte o no, pero la creencia de que no todo termina en la muerte a mi me ayuda a vivir.

Independientemente de que no sea así. Igual que la creencia en Dios: a lo mejor Dios no existe, pues, al final, pero su creencia ayuda al ser humano a seguir adelante. Entonces la esperanza es lo propio del hombre. La esperanza es construir una humanidad mejor, apostar a que el mundo sea un poquito más maravilloso gracias a tu presencia, y ese es quizás el mensaje que hay, el trasfondo de todo.

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Opinión

Escribir con el estómago lleno

En todas las revoluciones, así como en la vida, tener principios ha sido un tema peligroso.

Hoy, mientras yo escribo esta confesión, muchos de mis compañeros, periodistas, han salido a cubrir sus fuentes en la cada vez más caótica Caracas. Varios de ellos lo han hecho con el estómago vacío, o semi-vacío, para evitar la descalificación del melodrama. Y como ellos, muchos otros venezolanos también. En mi país, recientemente, le llaman a este fenómeno “la dieta de Maduro”.

Sin ir muy lejos en el calendario, el próximo 1 de septiembre muchos venezolanos tendrán que elegir entre ir a una manifestación para reclamar un derecho constitucional o hacer una cola durante horas para abastecerse de alimentos de primera necesidad, a precios muy accesibles, en un Mega Mercal patrocinado por el Gobierno. El panorama está claro: referendo revocatorio o comida.

Y así ha sido siempre, esto no es un invento del chavismo. En Venezuela desde hace mucho los políticos saben intercambiar con su pueblo derechos por necesidades. Lo que llama la atención ahora es el descaro, la desproporción de los que se dicen socialistas, de esos mismos que prometieron un cambio a buena parte de los venezolanos que estaban hartos de un bipartidismo rancio.

Así son y así juegan. Saben dónde pegar y pegan bien.

En diciembre del año 2002 Venezuela se paralizó casi por completo. Los dirigentes del gremio empresarial, apoyados por la oposición nacional, convocaron a todas las empresas a detener su producción como una medida de presión contra el Gobierno del entonces presidente, Hugo Chávez. En esa época también hubo hambre, hubo colas por comida y también, recuerdo, hubo colas por gasolina: Petróleos de Venezuela se sumó al llamado.

Las patadas de ahogado del libre mercado nacional no consiguieron doblegar las nuevas políticas económicas que había puesto en marcha el gobierno. Tras dos meses sin resultado, el paro cesó. Pero un día antes, el 2 de febrero, la oposición decidió hacer una recolección de firmas que pretendía solicitar al primer mandatario, hoy Comandante Eterno, Supremo e Intergaláctico de la Revolución, Hugo Chávez, un referendo revocatorio.

Las firmas recolectadas fueron declaradas inconstitucionales. Sin embargo, y tras más de un año de riña política, el 15 de agosto de 2004 se celebró el referendo revocatorio que terminó convertido en referendo ratificatorio: un 60% de los electores venezolanos revalidó a Chávez como su presidente y a la Revolución Bolivariana como su ideología.

El respaldo del pueblo no admitía objeción: Venezuela era otra. Y desde entonces nunca volvió a ser la misma.

Pero “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte” que, entre una cosa y otra, apareció por esa época la “Lista Tascón”. Y aunque de Luis Tascón no vale la pena hablar, es justo hacer saber que su lista, que hacía públicas las firmas de los venezolanos peticionarios del referendo, desencadenó una purga dentro de todos los organismos públicos. También es necesario acotar que todos los empleados de Petróleos de Venezuela que participaron en el paro nacional fueron despedidos; muchos de ellos, por cierto, a través de una cadena nacional.

La Revolución es de los revolucionarios. Y hoy con más contundencia que nunca el gobierno de Maduro nos lo recuerda. Una nueva purga ha comenzado, porque la historia no se aburre de repetirse, y Jorge Rodríguez le dio a los funcionarios públicos que firmaron esta nueva petición de revocatorio un plazo de 48 horas para renunciar a sus puestos de trabajo.

Y los que no renuncien van a ser despedidos, que no quede duda, afirmaron. Y poco a poco van cumpliendo. Ya se comienzan a registrar las denuncias: más de 200 funcionarios “están botados”. Y hay que aclarar: si en Venezuela con dinero es difícil comprar comida, sin dinero es casi una muerte anunciada.

En todas las revoluciones, como en la vida, tener principios te puede llevar al paredón. Aunque el paredón haya cambiado con el tiempo. Pero que no olviden los que hoy se hacen llamar socialistas o, peor aún, revolucionarios, que, en última instancia, la Revolución no es de ellos, de su cúpula, sino del pueblo que intentan callar de hambre.

Tengo que confesarme privilegiada, aunque no haga falta. Nunca pasé hambre en Venezuela, y lo aclaro por respeto a los que sí lo han hecho. Tengo que confesar que no alcanzo a entender esta situación por completo, sólo a medias, sólo como observadora. Pero eso sí: aunque me pese a mí y le pese a otros tantos, sigo siendo venezolana y el país me duele igual.

Ser venezolano en la distancia no es más fácil ni mejor, es diferente. Nuestro paredón no es el hambre ni la violencia, pero sí la memoria. Saber que la vida pudo ser otra.

Yo, que acabo de almorzar antes de sentarme en este escritorio, quedo, como ya es costumbre, con el mal sabor de boca de “por qué yo sí y ellos no”. El mal sabor de boca de escribir con el estómago lleno sobre los que tienen el estómago vacío.

Pero que no quepa duda: este también es un asunto de principios.

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